Nuestra historia sin nosotros


2:02 a.m. Sobre cristales rotos en el suelo, se encuentra ella de pie. Está nerviosa, tanto que se puede oír el crepitar de los cristales bajo sus pies temblorosos. Había roto la ventana de ese habitáculo a las afueras de la ciudad, para poder acceder a él desde fuera. Aún sujetaba el pedrusco con el que había golpeado los cristales una y otra vez, lo sujetaba con tanta fuerza que su mano había palidecido completamente. Esperaba encontrarse con tantas cosas, que estupefacta no deja de mirar a su alrededor repitiéndose una y otra vez que es imposible.

El primer jueves que él se sentó en su misma mesa de la cafetería de Lisle Street fue hace 6 meses. Aquel jueves ocurrió de forma fortuita, como empiezan todas las historias. Ella ya saboreaba su café de las cuatro de la tarde cuando él, sin apartar los ojos de un libro de poesías de Leonard Cohen, retiró la silla metálica de en frente y se sentó. Al apoyar el libro sobre la mesa, se percató de que justo delante había una taza de café con espuma de leche por encima, y un poco más arriba, unos ojos verdes que le miraban llenos de confusión. Él pareció perder la conexión con su entorno inmediatamente. Cuando logró pestañear, de su boca salió un “Discúlpame” tan innecesario como inoportuno. Le explicó que cada jueves por la tarde se sentaba en esa mesa con un libro y un café mientras hacía tiempo para coger el autobús de las 17:15 que le llevaba de vuelta a su casa desde Gerrard Place. Le gustaba esa cafetería por la tranquilidad, y siempre tenía esa mesa para él por la poca clientela que había a esa hora, por lo que no se había fijado en la presencia de esa chica de pelo castaño sentada en su mesa. Ella sintió curiosidad, pero no preguntó. No hacía falta. Esa tarde a penas hablaron, pero si se miraron. Una hora después, cuando él se marchó, ella quedó envuelta en una manta de intriga y de sentimientos que no identificaba, pero que la proporcionó cierta calidez durante la siguiente semana de otoño.

El jueves siguiente, ella no tenía por qué estar en aquella cafetería, sentada en aquella mesa, y sin embargo allí estaba, esperando que a las 16:00 él apareciera con ese aire distraído, acompañado del señor Cohen de la mano. No la decepcionó. Llegó hasta ella, la miró desde arriba, y con un “buenas tardes” se sentó en frente. Los siguientes dos minutos, el no apartó la mirada del libro, y ella no la apartó de su pelo negro rizado, de sus ojos miel y su rostro pálido. Cuando pasaba una página, los ojos de ella se movían al compás de las manos de él, como hipnotizada. Fue cuando la camarera posó sobre la mesa la taza de café del chico, que no le hacía falta pedir, cuando ella volvió a encontrarse sentada en la cafetería. Su acompañante, mientras vertía el azúcar en el café y lo daba vueltas con la cucharilla, le disparó a quemarropa “Sabía que volverías”. Se miraron, y ella supo por qué lo sabía. En ese momento entraron en una espiral de palabras que hoy no recuerda bien, pero sí su nombre, George, su procedencia, Bristol, y que él jamás le preguntó sobre su vida, pero ella se había inmerso totalmente en la de él.

Cada jueves, desde hace 6 meses, se encontraban en esa cafetería, en esa mesa de porcelana, ante los mismos cafés. Rodeados del trasiego indiferente de sillas chirriando al arrastrarse y del sonido estridente de la cafetera, ellos se sumergían en el silencio absoluto de su burbuja, solo roto por el soneto que desprendían las palabras de George. Durante 6 meses, él relató una historia. Era la historia de su vida, tan fascinante que ella lo escuchaba cada jueves y lo revivía durante el resto de la semana. Le habló de viajes, amores, villanos y héroes, de sucias princesas e ingenuos príncipes. Ella asistía durante una hora a la semana a la introspección de un mundo que la atrapó de forma permanente. Fuera de esa cafetería ella tenía una vida, tenía un trabajo, una casa, una familia…pero poco a poco sintió que esa vida se fusionaba irremediablemente con la vida que se le abría cada jueves.

Hace tres jueves llegó el primer día caluroso de una primavera que en Londres no suele tener demasiado que ofrecer. Ese fue el último jueves que él acudió al escenario de esa obra que ella tanto ansiaba admirar cada semana. Aquel jueves George alcanzó en su relato el espacio-tiempo del primer jueves que se encontraron. A las 17:oo en punto de ese último jueves, él la miró fijamente y le contó el final de su relato, contestó a aquella pregunta que ella jamás hizo pero sí se formuló cuando él se sentó por primera vez frente a ella, por qué acudía cada jueves a esa cafetería. “Te esperaba, sabía que aparecerías cualquier jueves, y tenía que hacerlo”. Ella, en un susurro le preguntó “¿Por qué?”. Su contestación cayó sobre ella como aquellos primeros rayos de sol primaverales, “Porque necesitabas conocer nuestra historia juntos y no sabías como comenzaba”. Entonces él se levantó, cogió su libro de Cohen y se marchó. Ella miró como se iba, esperando tal vez que se girara antes de desaparecer por la puerta, pero no lo hizo. No volvió a verlo.

Ella siguió asistiendo los dos siguientes jueves a ese lugar de Lisle Street que se había convertido es su refugio mágico secreto, con la cada vez más débil esperanza de que él volviera. Pero no lo hizo. Empezó ha perder la cabeza. No entendía como podía haberla arrebatado lo más valioso que tenía después de 6 meses regalándoselo. Intentó aceptar que debía volver a su vida fuera de la cafetería, pero no era capaz. Se compró en una tienda de segunda mano el mismo libro de Leonard Cohen que siempre acompañaba a George. No dejaba de leerlo a cada instante, era la metadona con el que intentaba calmar sus nervios, hasta que no pudo más. Al tercer jueves de ausencia de George, su café dio paso al licor y más tarde al whisky. Llevaba días madurando una idea en su cabeza, si George no volvía a la cafetería, ella lo buscaría. Tras horas de incesante presión encontró la información que durante seis meses jamás le pidió a él. La camarera de la cafetería le dijo donde vivía, con una voz temblorosa por la inquietud. Cuando ella se sintió preparada, y en su mesa había suficiente whisky derramado, salió decidida al encuentro de George.

2:24 a.m. Ahí sigue ella. Mirando las paredes desconchadas de una habitación vacía de no más de 4 metros cuadrados. Bajo los cristales, baldosas resquebrajadas de un color amarillento. Una bombilla inoperante colgada de un techo mohoso. No para de recordar los últimos 6 meses, rodeada de la luz de una farola que se cuela por la ventana rota, para mostrarla un escenario desolador. Su corazón contraído, no por la ausencia de George, en el fondo no esperaba encontrárselo, sino por no encontrar ningún indicio que le demostrara que esa fantasía en el que había vivido con él fuera algo tangible. Ha descubierto que la vida de George está tan vacía como esa habitación, como su propia vida ahora. Vuelven a crepitar los cristales mientras se vuelve hacia la ventana para marcharse, envuelta de una profunda decepción.

Con el paso de los días, decidirá no resignarse a aceptar un final así para su historia. Seguirá acudiendo cada jueves a la misma cafetería, no para esperar a George. Y un jueves cualquiera, se sentará en la misma mesa, distraída por Cohen, y decubrirá que frente a ella hay un chico que la mira confundido. Entonces ella le mirará, le sonreirá y le dirá “Me llamo Sarah, y quiero contarte una historia que necesitas conocer”.

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