Filtro emocional

 

Es un arte buscar una pequeña sombra en la luz más brillante, como lo es encontrar un leve reflejo en un manto de oscuridad.

Así es como trato de hallar la esquiva inspiración en muchas ocasiones. A veces se trata de jugar al engaño con las emociones. Puedes revolcarte en las sucias palabras que te brinda el lodazal de tus sentimientos cuando estás hundido, o embriagarte con las dulces ideas que surgen del éxtasis de un buen momento, es lo fácil, pero no siempre es lo que necesitas escribir.

A menudo procuro buscarle el contrapunto al corazón, y al final no todo lo que sale de él se traduce en el papel. A eso lo llamo escribir con filtro emocional, usando la cabeza. No hablo de escribir sin emociones (dudo que pueda hacerse, y de ser así, cuanto menos debería estar prohibido), sino de ser capaz de seleccionar las que te interesen para lograr tu objetivo.  Conseguir el perfecto equilibro para darle forma al papel, llamar a la inspiración para ponerla al servicio del poco o mucho talento que puedas tener.

Enmascarar tus emociones detrás de un papel es un arte, casi siempre necesario en tiempos de crisis. Pero dejarte llevar…eso es un placer. Cuando el papel te llama, y no al revés. Cuando tu corazón se desborda por tus manos, ya te duela o te haga feliz…es decir, cuando es la inspiración la que te encuentra y no eres tú quién la busca…entonces escribes libre, y el resultado te da igual. No hay mejor desahogo en mi opinión.

No existe un modo mejor que otro. lo importante es que te satisfaga la necesidad de escribir y sentirte bien.

Imagen extraída de http://www.entretantomagazine.com/

Razón

https://i0.wp.com/fotos.diariosur.es/200910/imagen_o_vdeo_959_980x648.jpg

Entré en el vagón de metro tras 5 minutos de espera. Vi un sitio libre al lado de la puerta y me senté sin pararme a mirar a las personas de mi alrededor, a esas horas, francamente, no me importaba demasiado quien me acompañara en mi viaje de vuelta a casa. Estaba escuchando música aunque no sabría decir exactamente el qué, no lo recuerdo.

Lo que sí recuerdo es el misterioso impulso que me hizo girar la cabeza a mi izquierda y fijarme en un papel sobre una carpeta azul que se encontraba apoyada sobre el regazo de unos pantalones negros. Una pálida mano de finos dedos sostenían un bolígrafo de tinta negra que escribía sobre el papel. Lo primero que pensé fue que no me importaba lo más mínimo lo que esa persona escribiera he intenté volver a mi mundo, pero lo que en un principio fue una mirada furtiva y sin maldad sobre un simple papel, se convirtió  en una inevitable violación de la intimidad, me pudo la morbosa inmiscuición de los asuntos de esa extraña que nada tenía que ver conmigo, o eso creía. Avergonzado por mi comportamiento saqué el móvil de mi bolsillo y puse el juego del  solitario con la intención de distraerme, de devolverme a mi mundo, pero en pocos segundos me di cuenta de que lo que realmente hacía con el móvil era disimular mi acción espía a la que sometía a la chica que tenía a mi lado. Sí, era una chica, aunque no la había mirado a la cara era fácil de saber por sus manos, su letra y su corazón. No la había mirado a la cara y sin embargo era capaz de ver plenamente su corazón, pues quedaba plasmado en ese papel como si de una angiografía cardíaca se tratara. Entre carta y carta de la baraja de mi móvil, me esforzaba por leer lo que ella escribía de modo que nadie, y sobretodo ella, se diera cuenta de mi allanamiento.

De su bolígrafo brotaban frases puramente emocionales, sobre desemociones. Hablaba de lo imposible que le resultaba poder comprender la tristeza, la soledad y la amargura a la que mucha gente se ve sometida, simplemente porque ella era feliz y eso le cegaba de un modo que incluso llegaba a causarla temor de no ver por donde caminaba. Cada palabra que su bolígrafo rayaba sobre el papel, también rayaba mi corazón. Temor implícito en la felicidad. Me hizo pensar y darme cuenta que algo parecido me ocurría a mi. Ella escribía que no sentirse triste coartaba su inspiración, y yo, como un bobalicón insensato me veía afirmando con la cabeza mientras jugaba al solitario con mi móvil haciendo que no leo lo que no debo…¿Puedes imaginarte la escena?.

Me llamaba la atención lo rápido que escribía. No hacía una sola pausa entre frases, ponía un punto y sin descanso comenzaba a reflejar un nuevo pensamiento sobre la hoja. Daba la impresión de que tenía bien pensado lo que escribir antes de hacerlo, pero entonces tuve la valentía de mirarla la cara, observar sus ojos marrones a través del cristal de sus gafas y me dí cuenta de que simplemente cada letra fluía directamente desde su corazón y no desde su cabeza. Es asombroso como se puede leer el corazón de alguien a través de sus ojos. Entonces de repente paró de escribir. Guardó el papel en la carpeta y se cruzó de brazos sobre su pecho, mirando al frente, con la mirada perdida en el cristal que nos reflejaba a ambos. Me di cuenta de que llevaba un buen rato sin mover cartas en el solitario de mi móvil aunque eso daba igual.

Llegamos al final de la línea de metro y nos bajamos del vagón. Cada uno siguió su camino. A mi me quedó una extraña sensación, me sentía unido de un modo incomprensible con esa chica por culpa de esos sentimientos reflejados en el papel. Era esa felicidad que nos rodeaba a ambos, quizás por diferentes motivos pero con la misma causalidad. Sonreí durante largo rato, pues una vez más me daba cuenta de la suerte que tenía por compartir mi vida con gente a la que tanto quiero, por sentirme tan feliz…pero sobretodo por tener una razón para seguir escribiendo. A veces personas anónimas nos devuelven una pequeña parte de la inspiración perdida y entonces se potencia con el amor que nos rodea.

Mi pequeña libertad

LLevo todo el día con una sensación de duermevela muy extraña. Una especie de semiinconsciencia en la que viajo entre el sueño y la realidad. Debo admitir que a pesar de la confusión y el desconcierto que me causa, me siento cómodo en este estado. Me siento como arropado por un filtro perceptivo que solo deja pasar lo más importante. Los murmullos se apagan al llegar a mi, sólo los sonidos y las sensaciones más fuertes pueden entrar. No paran de venirme ideas, imágenes, sonidos, recuerdos…todos inconexos entre sí, o por lo menos aparentemente. Cuando eso me ocurre me gusta verlo como una señal, el subconsciente intentando decirme algo.

Me encanta, es como una explosión de inspiración,  me tienta hacerlo todo y no se exactamente que hacer. Es cuando me pongo ante una hoja y dejo que todas esas sensaciones fluyan desde mi cabeza hasta la punta de mis dedos. Dejo que esa avalancha de emociones se abra diferentes caminos que a medida que voy surcando intento analizarlos en busca de un sentido concreto. La mayoría de las veces no encuentro un motivo claro, pero tampoco siento la necesidad de conocerlo. Creo que simplemente es una llamada, un síntoma que me empuja a escribir para abrir las presas que llevan días cerradas acumulando demasiadas cosas que decir, demasiados sentimientos que exteriorizar, demasiadas ideas que planificar. Por eso sin apenas haberme dado cuenta estoy aquí escribiendo.

Una vez, Jordi Sierra i Fabra me dijo que escribir era un buen modo de sentirte libre cuando no lo haces obligado o inducido por una presión. Aquella tarde le di un significado demasiado superficial a esa idea que quiso transmitirme, hoy veo lo que de verdad quería decirme. Cuando te obligas a expresar cosas que no sientes, que no piensas o en las que no crees, simplemente te haces esclavo de falsas palabras, pero no escribes. Escribir es la libertad, no solo la que sientes al hacerlo, sino también la que infundes con cada palabra que sacas de ti. Una serie de ideas aparentemente absurdas e inconexas tienen más valor, credibilidad o significado que un escrito seriamente argumentado en base a algo que no procesa uno mismo o que no cree.

Así, puede que este post de hoy parezca un texto sin sentido producto del delirio de un lunes demente, y quizás lo sea…pero en este camino entre la realidad y el sueño me siento libre, y este post es mi pequeña y profunda libertad.