Contigo o sin ti: un deseo de Navidad

Quiso vomitar todos sus miedos, pero su alma agarrotada por el frío de la soledad no se lo permitía. Su rostro era el reflejo apático de las luces que los coches proyectaban al cruzarse en su camino. En sus ojos destellaban los colores vivos de los escaparates navideños de la ciudad. Olor a castañas asadas acariciaba el aire urbano que en esas fechas se disfrazaba de abrazos familiares y sonrisas infantiles. La ilusión de las canciones que se escuchaban a través de cada ladrillo y adoquín le era ajena. Caminaba, o flotaba, o se difuminaba.

No sentía el calor que la gente compartía a su alrededor. A él no le engañaban, ni esa noche ni la anterior, ni probablemente las siguientes, serían menos frías que cualquiera de las otras que recordara haber vivido. Y no es que no le gustara la Navidad, es que solo tenía sentido si podía vivirla contigo. Puede que no quisiera recordar más allá de las sábanas frías. Puede que aquellos recuerdos solo evocaran el fantasma en el que te has convertido. O tal vez es que ahora se siente más cómodo entre sus paredes grises y sus libros polvorientos.

Era Navidad, y él la encerraba dentro de una bola de cristal con nieve, como un souvenir más de los días que negaría haber vivido. Mientras, seguía caminando aquella noche, sin un rumbo fijado, perdiendo a cada paso otro lunar de tu cuerpo, sin saber hasta donde le llevaría el olvido. Así me lo encontré, así se lo leí en su mirada, y así te lo escribo hoy.

Ahora ya sabes lo que yo sé y lo que él no quiere saber. Por eso te pido que vuelvas a arroparlo, que la esperanza no sea otro sueño vacío. Que tu fantasma se materialice de nuevo en su carne y tu cabello vuelva a enredarse entre sus días. Porque su vida puede ser contigo o sin ti, pero sin ti no hay Navidad, porque Navidad eres tú.

 

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Nuestra historia sin nosotros

2:02 a.m. Sobre cristales rotos en el suelo, se encuentra ella de pie. Está nerviosa, tanto que se puede oír el crepitar de los cristales bajo sus pies temblorosos. Había roto la ventana de ese habitáculo a las afueras de la ciudad, para poder acceder a él desde fuera. Aún sujetaba el pedrusco con el que había golpeado los cristales una y otra vez, lo sujetaba con tanta fuerza que su mano había palidecido completamente. Esperaba encontrarse con tantas cosas, que estupefacta no deja de mirar a su alrededor repitiéndose una y otra vez que es imposible.

El primer jueves que él se sentó en su misma mesa de la cafetería de Lisle Street fue hace 6 meses. Aquel jueves ocurrió de forma fortuita, como empiezan todas las historias. Ella ya saboreaba su café de las cuatro de la tarde cuando él, sin apartar los ojos de un libro de poesías de Leonard Cohen, retiró la silla metálica de en frente y se sentó. Al apoyar el libro sobre la mesa, se percató de que justo delante había una taza de café con espuma de leche por encima, y un poco más arriba, unos ojos verdes que le miraban llenos de confusión. Él pareció perder la conexión con su entorno inmediatamente. Cuando logró pestañear, de su boca salió un “Discúlpame” tan innecesario como inoportuno. Le explicó que cada jueves por la tarde se sentaba en esa mesa con un libro y un café mientras hacía tiempo para coger el autobús de las 17:15 que le llevaba de vuelta a su casa desde Gerrard Place. Le gustaba esa cafetería por la tranquilidad, y siempre tenía esa mesa para él por la poca clientela que había a esa hora, por lo que no se había fijado en la presencia de esa chica de pelo castaño sentada en su mesa. Ella sintió curiosidad, pero no preguntó. No hacía falta. Esa tarde a penas hablaron, pero si se miraron. Una hora después, cuando él se marchó, ella quedó envuelta en una manta de intriga y de sentimientos que no identificaba, pero que la proporcionó cierta calidez durante la siguiente semana de otoño.

El jueves siguiente, ella no tenía por qué estar en aquella cafetería, sentada en aquella mesa, y sin embargo allí estaba, esperando que a las 16:00 él apareciera con ese aire distraído, acompañado del señor Cohen de la mano. No la decepcionó. Llegó hasta ella, la miró desde arriba, y con un “buenas tardes” se sentó en frente. Los siguientes dos minutos, el no apartó la mirada del libro, y ella no la apartó de su pelo negro rizado, de sus ojos miel y su rostro pálido. Cuando pasaba una página, los ojos de ella se movían al compás de las manos de él, como hipnotizada. Fue cuando la camarera posó sobre la mesa la taza de café del chico, que no le hacía falta pedir, cuando ella volvió a encontrarse sentada en la cafetería. Su acompañante, mientras vertía el azúcar en el café y lo daba vueltas con la cucharilla, le disparó a quemarropa “Sabía que volverías”. Se miraron, y ella supo por qué lo sabía. En ese momento entraron en una espiral de palabras que hoy no recuerda bien, pero sí su nombre, George, su procedencia, Bristol, y que él jamás le preguntó sobre su vida, pero ella se había inmerso totalmente en la de él.

Cada jueves, desde hace 6 meses, se encontraban en esa cafetería, en esa mesa de porcelana, ante los mismos cafés. Rodeados del trasiego indiferente de sillas chirriando al arrastrarse y del sonido estridente de la cafetera, ellos se sumergían en el silencio absoluto de su burbuja, solo roto por el soneto que desprendían las palabras de George. Durante 6 meses, él relató una historia. Era la historia de su vida, tan fascinante que ella lo escuchaba cada jueves y lo revivía durante el resto de la semana. Le habló de viajes, amores, villanos y héroes, de sucias princesas e ingenuos príncipes. Ella asistía durante una hora a la semana a la introspección de un mundo que la atrapó de forma permanente. Fuera de esa cafetería ella tenía una vida, tenía un trabajo, una casa, una familia…pero poco a poco sintió que esa vida se fusionaba irremediablemente con la vida que se le abría cada jueves.

Hace tres jueves llegó el primer día caluroso de una primavera que en Londres no suele tener demasiado que ofrecer. Ese fue el último jueves que él acudió al escenario de esa obra que ella tanto ansiaba admirar cada semana. Aquel jueves George alcanzó en su relato el espacio-tiempo del primer jueves que se encontraron. A las 17:oo en punto de ese último jueves, él la miró fijamente y le contó el final de su relato, contestó a aquella pregunta que ella jamás hizo pero sí se formuló cuando él se sentó por primera vez frente a ella, por qué acudía cada jueves a esa cafetería. “Te esperaba, sabía que aparecerías cualquier jueves, y tenía que hacerlo”. Ella, en un susurro le preguntó “¿Por qué?”. Su contestación cayó sobre ella como aquellos primeros rayos de sol primaverales, “Porque necesitabas conocer nuestra historia juntos y no sabías como comenzaba”. Entonces él se levantó, cogió su libro de Cohen y se marchó. Ella miró como se iba, esperando tal vez que se girara antes de desaparecer por la puerta, pero no lo hizo. No volvió a verlo.

Ella siguió asistiendo los dos siguientes jueves a ese lugar de Lisle Street que se había convertido es su refugio mágico secreto, con la cada vez más débil esperanza de que él volviera. Pero no lo hizo. Empezó ha perder la cabeza. No entendía como podía haberla arrebatado lo más valioso que tenía después de 6 meses regalándoselo. Intentó aceptar que debía volver a su vida fuera de la cafetería, pero no era capaz. Se compró en una tienda de segunda mano el mismo libro de Leonard Cohen que siempre acompañaba a George. No dejaba de leerlo a cada instante, era la metadona con el que intentaba calmar sus nervios, hasta que no pudo más. Al tercer jueves de ausencia de George, su café dio paso al licor y más tarde al whisky. Llevaba días madurando una idea en su cabeza, si George no volvía a la cafetería, ella lo buscaría. Tras horas de incesante presión encontró la información que durante seis meses jamás le pidió a él. La camarera de la cafetería le dijo donde vivía, con una voz temblorosa por la inquietud. Cuando ella se sintió preparada, y en su mesa había suficiente whisky derramado, salió decidida al encuentro de George.

2:24 a.m. Ahí sigue ella. Mirando las paredes desconchadas de una habitación vacía de no más de 4 metros cuadrados. Bajo los cristales, baldosas resquebrajadas de un color amarillento. Una bombilla inoperante colgada de un techo mohoso. No para de recordar los últimos 6 meses, rodeada de la luz de una farola que se cuela por la ventana rota, para mostrarla un escenario desolador. Su corazón contraído, no por la ausencia de George, en el fondo no esperaba encontrárselo, sino por no encontrar ningún indicio que le demostrara que esa fantasía en el que había vivido con él fuera algo tangible. Ha descubierto que la vida de George está tan vacía como esa habitación, como su propia vida ahora. Vuelven a crepitar los cristales mientras se vuelve hacia la ventana para marcharse, envuelta de una profunda decepción.

Con el paso de los días, decidirá no resignarse a aceptar un final así para su historia. Seguirá acudiendo cada jueves a la misma cafetería, no para esperar a George. Y un jueves cualquiera, se sentará en la misma mesa, distraída por Cohen, y decubrirá que frente a ella hay un chico que la mira confundido. Entonces ella le mirará, le sonreirá y le dirá “Me llamo Sarah, y quiero contarte una historia que necesitas conocer”.

El tiempo

Persona que se va paseando,

desnuda, por cualquier lugar,

a veces andando y otras corriendo,

pero siempre sin parar.


Se cree con autoridad

de predicar la verdad,

creando soledad,

creando amistad.


Lleva la ley en la mano,

y nunca pasa en vano.

Puede hacer daño,

sin percatarse de lo sano.


Sólo los gigantes de hormigón,

sólo los árboles centenarios

bailan al son

de este gran predicador


A todos viste de luto,

unos antes y otros después,

primero los hace envejecer,

luego les regala el descanso absoluto.


Rey feudal de sus tierras,

y la muerte su vasallo en ellas.

Del amor y la alegría su mecenas,

con la desgracia por bufón.


Domador del alma,

domador de las estaciones,

domador de cada alba,

domador de las noches.


Pecador de mis culpas,

escritor de mi destino,

la próxima vez que vuelvas

devuelve mi amor infinito.

Apología de los sueños

Parece que cuando uno está inmerso en la vorágine del día a día en este mundo de monotonía entre el trabajo y el hogar, todo lo banal se come el tiempo de soñar. Por eso echaba de menos este momento “vacacional”. Lo admito…últimamente no he tenido tiempo vivir y tampoco de soñar, pero ya estoy en ello. Entre las muchas cosas que dejé pendientes en beneficio de la locura hospitalaria, se encontraban libros que necesitaba terminar de leer. Por fin he podido hacerlo, no me gusta llegar con asignaturas pendientes a la Feria del Libro, donde libero a la más grande de mis bestias para la caza y captura de los ejemplares más singulares o mas atrayentes hacia mi persona.

Entre esas historias y vidas pendientes había una que he terminado de leer recientemente, y no he podido resistirme a escribir sobre ello. Me ha resultado una experiencia tan satisfactoria que en breve comenzare a leerlo de nuevo. Lo que quiero expresar en este post de hoy son los sentimientos que me han inundado leyendo algo como esto…si…me resisto a llamarlo libro, porque me parece una palabra demasiado material para algo que me ha resultado tan sensorial. Si intentara definirlo supongo que diría algo como que es un conjunto de pequeñas percepciones hacia grandes historias sobre papel. Pero lo cierto es que me resulta extraño definirlo, así que simplemente diré que se trata de sueños, de vidas, de Madrid, de personas y de lo más irracional en ellas…pero sobretodo, de sabores y olores, una degustación en el mejor palco posible de un teatro lleno de historias.

Una vez tuve el placer de compartir un café con la persona que creó y puso en mis manos esta obra. No hace mucho que le conozco y hasta entonces ni si quiera más allá de 140 caracteres, pero aquella mañana pude comprobar que al igual que sus palabras, se encuentra rodeado de un aura que no muchas personas tienen, ese aura que hace fácil desvirtualizar a alguien detrás de un timeline o de unas hojas de papel. Esa persona se llama Adolfo y en la gran sala de baile, que es el Twitter, le reconocerás por la “máscara” de @cosechadel66, una gran persona y un gran escritor.

Lo único que me queda por decir es que esta obra se llama “Primera cosecha” y que espero poder catar más vinos como este próximamente. Como no podía ser de otro modo, recomiendo a todo el mundo sumergirse en esta apología de los sueños…mientras os dejo un enlace donde podréis degustar todo esto de lo que os hablo.

http://cosechadel66.es/